17 de noviembre de 2012

EL

Llovía intensamente, una de esas tardes frías y desangeladas de otoño. Las calles del pueblo donde yo vivía a diferencia de otros años estaban desiertas y las luces de las farolas iluminaban una sí, una no.


Muchos negocios habían tenido que cerrar y la crisis había dejado una dramática huella en la sociedad. Los contenedores de basura yacían revueltos por el suelo junto a los rastros de las intensas protestas de los días anteriores.

Comenzó un viento racheado, el paraguas acabo en una papelera, el cielo gris ennegreció, el agua me caía por las mangas de la trenca y notaba el intenso frio en las rodillas. Mi pantalón debía estar calado. Decidí entrar en el único bar abierto.



Él estaba sentado al fondo, junto al reloj, en una mesa algo apartada del resto, su semblante serio, la cabeza baja y algo inclinada, parecía no pensar en nada. Su pelo rubio estaba revuelto, los ojos enrojecidos y su labio tenía una herida de habérselo estado toqueteando con los dedos. Su mirada fija en las hojas del mantel transmitía preocupación. La mano, ajena a sus pensamientos daba vueltas a la cucharilla del café, ni siquiera había echado el azúcar. A un lado, un pedazo de tarta permanecía intacto junto a un periódico abierto por la página de deportes. Su teléfono emitía de vez en cuando pequeños sonidos de envío de mensajes.

Las risas de los niños que entraron le hicieron volver a la realidad y por un momento pensé en su familia. Miraba furtivamente y con nostalgia a la mujer, y sonreía cada vez que el niño rubio se acercaba a su mesa.

Conecte con él, pensé que llevaba el mismo tiempo que yo guardando silencio, nervioso, angustiado, aguantando esta situación. Su estómago daba vueltas cada mañana, pasaba los días deambulando por las calles y no poder regresar a casa cada noche, le inundaba de rabia, quizás tenía que haber tomado la decisión hacia años pero pensar en lo que podía haber hecho era ridículo.

Llevaba algo más de una hora en el local cuando mi instinto me hizo mirar hacia la puerta, un mujer madura, con la experiencia y serenidad que los años vividos te dan entro silenciosamente. Se acercó, le beso con ternura en la mejilla y se sentó junto a él.

Lloraba pausada pero intensamente, la señora le cogía suavemente de la mano para consolarle y todos mirábamos furtivamente a la pareja.



El aparato de radio dejo de emitir música y la noticia nos paralizo: Una mujer, de 27 años, ha fallecido en un accidente de tráfico ocurrido en Leioa tras colisionar su vehículo, un BMW, frontalmente contra un camión, según ha informado el departamento vasco de Interior. El siniestro se ha producido a las 09.15 horas en los túneles de la Avanzada. Por causas sin aclarar, han colisionado frontalmente y la mujer ha quedado atrapada entre el amasijo de hierros en que ha quedado convertido el turismo.

Al lugar ha acudido una ambulancia medicalizada para asistir a la víctima. Los sanitarios le han practicado la maniobra de reanimación pero, debido a la gravedad de las heridas, no han podido hacer nada para salvar su vida.

El grito ahogado del hombre hizo que nuestras miradas se volvieran hacia él y que mi cuerpo se pusiera en alerta. Su madre, porque a estas alturas, ya me había imaginado que era su madre, no lo podían sostener.

Estaba de pie, blanco, con los ojos, sin ojos, no tenía ojos. Esos ojos no miraban. Me acerque, mi cuerpo temblaba, mi respiración era rápida, un dolor en el pecho me apretaba. Le agarre las manos, lo atraje hacia mí y le mecí. Tranquilo, tranquilo. El no lloraba, sus palabras no eran palabras, su voz apenas un hilo… Llamaba a alguien.

1 comentario:

Naiara Ruiz dijo...

Ufff, sin comentarios.